Acerca del fundamento de la Acción

Oct 28

Presentación de La unidad en la acción, 22 Octubre, 2014
Universidad de San Francisco, Facultad de Artes Liberales

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Muchas gracias a esta Universidad y a ustedes por permitirme presentar mi trabajo.

Este libro reflexiona sobre el fundamento de la acción. Qué es lo que da sentido a la acción humana. Se apoya principalmente en la teoría de la imagen y de la historiología de Silo y en los aportes de la psicología del nuevo humanismo. Intento mostrar ese fundamento gravitando en una experiencia existencial: la experiencia de unidad y de cohesión interior; estudio como afecta la unidad interna y la desintegración psíquica, a la representación; a continuación analizo cómo las representaciones, incorporando la información de la percepción, movilizan al cuerpo modificando al mundo. Se trata de descripciones de fenómenos psíquicos y sociales, para que el lector pueda acompañar desde sus propias vivencias. Inspirados en esa fundamentación, sintonizamos con un proyecto humano hacia la superación de las limitaciones mentales que sufrimos tanto temporales, como espaciales.

Esta pregunta sobre el sentido de la acción supone que la difusa sensación de no saber qué hacer y por qué hacer , en este mundo intercultural, digital, virtual e informático y al mismo tiempo altamente concentrado y controlado, no es una sensación exclusivamente personal, sino que afecta a muchos.

La primera idea que se desarrolla es que la conciencia confunde el sentido, lo que la impulsa, con sus quehaceres y afanes cotidianos. Confundo el impulso humano, el motor y el sentido, con la satisfacción de las necesidades de sobrevivencia o con las metas que quiero alcanzar. Esta confusión no es un error, sino que es una característica de una modo de estar de la conciencia. El texto desarrolla la posibilidad de ubicarse en un modo más espiritual, por llamarlo de alguna manera, en que la conciencia se experimenta a sí misma; esa conciencia de sí, es capaz de distinguir entre el impulso esencial (o la sensación de sí misma), de las representaciones o imágenes que produce y sintetiza. Estas representaciones que son síntesis y traducciones de los impulsos de la conciencia provenientes de la percepción, de la sensación, de la memoria y de su dirección hacia el futuro, concluirán expresándose hacia el exterior, construyendo la realidad. Para ayudar al lector y al autor a colocarse en ese modo de conciencia del ser o de sí, se reflexiona en la propia muerte y en las situaciones límites que nos ha tocado vivir.

La siguiente idea sobre la que se medita, es sobre ¿qué es básicamente el “mundo externo” al cual está orientada la conciencia y al que se refiere la acción? Se concluye que ese mundo externo no es el mundo natural, sino el mundo de los otros seres humanos. Aunque esté estudiando lo más lejano del cosmos en el más solitario de los desiertos, la conciencia está referida a otros seres humanos, presentes, ausentes, vivos o muertos, está siempre referida a los otros. Y la comunicación con los otros se produce a través de la acción. La comunicación no es por el pensar o el sentir, sino por el hacer. La acción, lo que hago con otros me comunica no sólo con el otro, sino al mismo tiempo conmigo mismo. Sobre esto se discurre bastante, ya que se trata de demostrar que lo que hago con otro lo hago simultáneamente conmigo mismo. Que al ejercer violencia sobre el otro, es decir negarle su humanidad, sólo es posible anestesiando en mi la sensación del otro. Esa anestesia va hundiendo a la conciencia en el sinsentido. Pero lo más interesante es lo que sucede cuando en lugar de negar al otro, lo dignifico, lo humanizo, actúo hacia el otro restaurando su libertad; entonces también se amplía en mi la libertad y la humanidad. El descubrimiento del otro como ser independiente de mi, como ser en sí y para sí, que no está en este mundo para satisfacerme, sino para realizarse, para completar su misión en el mundo, despierta la mirada interna; una mirada que se corre hacia atrás de los ojos, se desprende del yo pegado a la piel y toma contacto con la propia unidad. Entonces, la experiencia de unidad y de lo humano en el otro se presentan como la esencia y el sentido de la vida.

Finalmente, la reflexión nos lleva a que si la dificultad de la conciencia para distinguir lo que la impulsa, es decir su sentido, es una característica de un momento de su proceso y no se debe simplemente a la mala voluntad, o laxitud moral, ¿cómo elaborar un proyecto intencional, para alcanzar un nuevo peldaño evolutivo hacia la conciencia de la unidad interior y del ser humano? y ¿a qué modelo de sociedad tendríamos que aspirar para desconcentrar el poder y erradicar así todas las formas de violencia?
Estas preguntas se las justifica apelando a la crisis universal por la que estamos navegando. La crisis del estado nacional superado ya por la globalización, la crisis cultural de las grandes civilizaciones, que se atrincheran cada vez más en el fanatismo de sus creencias, y la crisis existencial de cada individuo anestesiado o alienado y muchas veces adormecido por la intervención de su química cerebral

Un proyecto humano para la ampliación de la conciencia y la construcción de una sociedad mundial libertaria, sólo es posible si se lo experimenta como una necesidad. Esa necesidad existe dado la condición sufriente y la violencia personal y global en la que vivimos. Sin embargo no es una conclusión apoyada por el “sentido común” todavía. Por tanto tendría que arraigar en pequeñas comunidades dispersas en el mundo, que estudien e implementen los procedimientos psicológicos, históricos y sociales, probando en ese pequeño grupo que esto es posible y que afecta positivamente al medio inmediato en el que se encuentra inmerso. Si se demuestra que una nueva conciencia más lucida, más despierta y no violenta es factible, estas comunidades podrán influir en las nuevas ideologías de la época y en la reforma de las religiones que irá sucediendo. También podrán inspirar nuevas formas de espiritualidad, en que lo humano sea dignificado como supremo valor.

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