Propuesta Hacia la Reconciliación

Dec 23

Universidad de Huancayo, Perú. 12/05/2016

Gracias por este espacio para hablar de Reconciliación, uno de los temas centrales para la convivencia personal y de la humanidad futura. Muchos de los conflictos actuales, anidan en un pasado no resuelto y hoy explotan sin respetar las fronteras donde alguna vez se originaron.

Una propuesta de reconciliación puede ser mirada con sospecha, suponiendo que se quiere manipular los hechos que han causado perjuicios y pérdidas irreparables, para ocultarlos de la justicia, o para que sean olvidados. En el mundo del alma, el tiempo no cura las heridas, y por el contrario, ellas desangran hasta que sean curadas de verdad. Todo agravio a las personas compromete el sentido mismo de la vida humana, y esto no se soluciona con el pasar del tiempo, ni con el cambio de las generaciones que tarde o temprano se enfrentan a su pasado no resuelto.

A menudo se confunde la propuesta de reconciliación con el “perdón”, asimilando ambos conceptos como si fueran sinónimos.  El perdón requiere de un culpable y del sentimiento de culpa. No así la reconciliación que requiere de la verdad interna. Si revisan los conflictos en que hay compromisos afectivos, rara vez la contraparte se reconoce culpable, y si lo reconoce lo justifica por una razón superior; y lo mismo pasa de mi lado, en que explico mis acciones por la agresión del otro, al que considero culpable. Si no hay reconocimiento de culpa, el perdón resulta un forzamiento que se suele experimentar como humillación.

Cuando se ha ejercido violencia, física o económica, o sexual, o psicológica, o racial, o moral, el daño que se ha generado, no se resuelve ni olvidando lo que sucedió, ni falseando los hechos, ni perdonando supuestos culpables. Tampoco se resuelven con la muerte de una de las partes, ni con la muerte de ambas partes; esos acontecimientos se fijan en la memoria personal, o en la memoria histórica y se volverá a reincidir en el mismo error, tropezando una y otra vez con la misma piedra. Todo aquello que no se integra regurgita en la conciencia personal y social y vuelve a repetirse, dando sensación de que algo no evoluciona, no avanza.

La desintegración psíquica y social ocurre cada vez que trato de solucionar un conflicto a través la ruptura de los vínculos, o de la violencia para imponer una voluntad. Esto sucede desde una relación de pareja, a la relación filial o fraternal, hasta en cualquier tipo de relación social. Aunque el autoritarismo y la discriminación estén avalados por un código cultural, o una costumbre social, igualmente generará contradicción y sufrimiento.

Para resolver los conflictos en que se ha fracturado las relaciones humanas, no funciona ni el olvido ni el perdón. Estudiemos entonces la Reconciliación.

La raíz de muchos de los conflictos en que estamos envueltos, está muy atrás en los propios códigos de la cultura y de la tradición en que hemos sido formados. Cuando degrado a la mujer con la que convivo, o cuando obligo a mi hijo a cumplir una regla moral, o cuando pago lo menos posible al que me hace un trabajo, excusándome en supuestas leyes del mercado, o cuando paso por sobre los derechos de otra persona, por ser de otro origen cultural; son códigos arraigados desde la antigüedad. Vienen repitiéndose y eso les da el peso de la costumbre, pero no les da el valor de la verdad, ni el derecho al futuro.  Estos códigos del autoritarismo y la discriminación se actualizan en mi vida cotidiana, en mi familia, en mi grupo y en mi sociedad.  Aunque sean temas de centurias o de milenios, tenemos la oportunidad de resolverlos ahora, durante la propia vida y hacernos cargo de buscar, de intentar, y volver a intentar incansablemente, hasta transformar en nuestro medio más inmediato la raíz de la violencia.

La violencia está ya desbordando no sólo en la sociedad, sino en la propia familia y en la propia conciencia. La depresión, el pánico, el desgano, la fuga por el alcohol y la droga, o la hipnosis del consumo, ha adquirido características de pandemia psicosocial.

La Reconciliación cuando se logra, integra los contenidos dolorosos de la conciencia, interrumpe la cadena de la venganza y el resentimiento, y nos comunica con la profundidad de nosotros mismos y los demás. La venganza es una reacción de la mente cuando experimenta que la despojan de algo fundamental, cuando la despojan de aquello que cree que le da sentido. Si me despojan de mis pertenencias, o de mi honra, si ofenden o dañan a mis seres queridos, si me privan de libertad; surge la venganza como respuesta. Pero incluso basta que sienta temor en que seré despojado en el futuro, para que la aplicación de la violencia quede justificada.

La respuesta vengativa, aun cuando no pueda ejercerla y solamente la desee, acumula resentimiento. Observen que el resentimiento fija la conciencia en un sistema de tensiones y de temores, y no hay nada que nos libere de ese dolor. La búsqueda de justicia tiene sentido, pero ella por sí sola, no nos libera del resentimiento, y por lo tanto no asegura que los hechos no se repetirán en el futuro. Tampoco se resuelve el resentimiento por medio de sacrificios o castigos de ultratumba.

Si queremos la Reconciliación necesitamos tomar contacto con una experiencia que nos muestre, nos evidencie que la vida propia tiene un Sentido. Una experiencia en que pueda ver con los ojos de la mente, con la mirada interior, que la vida efectivamente tiene Sentido y una razón profunda impulsa mi ser. Una experiencia de tal envergadura que me muestre que el sentido de la vida no es un invento, ni una construcción intelectual; tampoco es una creencia cultural que arrastro por obligación o tradición. Si hay sentido en mi vida, debo ser capaz de reconocerlo, así como el aire que inspiro, así como la corriente del agua helada entre mis dedos al sumergir la mano en el arroyo, así, ha de sentir mi alma su sentido. Como un buscador que recorre un camino inexplorado, dispongo mi atención, cuidando mis pasos, sin saber qué voy a encontrar. Si la vida tiene sentido, lo sabré, no por el razonamiento, sino por una evidencia que se presenta a mi experiencia. Si me acompañan con vuestra disposición trataré de que juntos acerquemos la intuición del Sentido. Y luego volvemos a nuestro tema de la reconciliación.

Ahora mismo, tomen un momento y sientan el cuerpo; sientan su emoción, sientan lo que les pasa en este momento; observen las divagaciones que surcan su mente; obsérvenlas con aceptación, sin importar si les gustan o no. Observen los pensamientos y déjenlos pasar. Observen sus sentimientos con neutralidad, sean positivos o negativos. Tal vez noten una mirada interna, un observador adentro de ustedes que se insinúa. Con tranquilidad dejen que ese observador se haga presente y observe, todo lo que nos pasa. Tomen nota de la calma en que está ese observador y la especie de silencio que lo envuelve. El observador observa el bullicio interno, pero él mismo no está inmerso en el ruido.

Sostengamos un momento esta experiencia del observador que se observa así mismo desde la calma; tal vez recuerden otras experiencias parecidas que han tenido alguna vez. Estas experiencias nos acercan la intuición de que en nosotros hay algo más de lo que vemos y vivimos en la aceleración cotidiana.

Esta experiencia en el Mensaje de Silo la llamamos experiencia de Fuerza. La Fuerza, la energía psicofísica fortalece la mirada interna, y nos anima hacia la reconciliación.  La reconciliación nos limpia del resentimiento y fortalece un observador interior, que se experimenta como algo que se cohesiona, se une internamente, un centro diferente al yo habitual. Estamos ante la posibilidad de una transformación profunda, del despertar de una mirada interna, capaz de aceptar las propias frustraciones y de captar nuevas realidades de un mundo de sentido y significado.

Si la conciencia puede ponerse en presencia del sentido y de la unidad, todo esfuerzo por la reconciliación vale la pena.

Reconciliarse es recuperar la memoria verdadera de todo lo ocurrido; es lograr una mirada humanizadora sobre la crueldad de los hechos; es también actuar para reparar doblemente el daño o el error cometido. La reconciliación es conmigo mismo, y no le exijo ni le pido a mi contraparte nada, el verá lo que hace con su responsabilidad en los acontecimientos y como reconcilia su pasado y su futuro.

El resentimiento se produce por el falseamiento de la memoria. Es la respuesta que di (o que no di) frente al conflicto lo que genera el resentimiento y no el horror de la ofensa. Rescatar la memoria verdadera, paseando la mirada por todos los ángulos y puntos de vista. Aquí no vale el reduccionismo, o los slogans. Nos daremos cuenta que los argumentos que justifican la venganza y el resentimiento están ampliados y exagerados; todas las cosas en que yo pude haber tenido responsabilidad están negadas o disminuidas, o presentadas como causas accidentales. También hay que pasear la mirada por los contextos que se suelen obviar para arrinconar al culpable y no darle posibilidad de justificación. También hay que revisar los valores de la época en que los acontecimientos sucedieron. Lo que el otro hizo, pero también las acciones de mi responsabilidad.

Recuperar la buena memoria es también reconocer nuestros propios fracasos.  La depresión y la crisis de angustia, tan de moda hoy, son ambos estados del resentimiento. Se trata de un resentimiento en que no sé a quién culpar. He seguido los valores que me propuso mi educación: la competencia, el éxito, el individualismo, el dinero, he forzado personas para lograr aquello y de pronto no pude más. He confundido la felicidad y el sentido con la propaganda de un sistema social deshumanizado. La persecución de falsos valores lleva a la depresión. El reconocimiento de nuestros fracasos lleva a la reconciliación.

Reconciliarse es encontrar la comunicación con uno mismo, y la comunicación con el ser humano, con el otro junto a mí, tú, insondable e inalcanzable misterio de la libertad, quién eres quien soy, viajeros de mundos infinitos.

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