El impulso de lo humano

Dec 23

Escuela Experimental, Casa del Regionalismo, Arica, 27/8/2016

Estamos parados ya en un nuevo mundo. Se abre paso un nuevo tipo de conciencia o de sensibilidad, pero convive todavía con los mitos tribales originados en el nacimiento de las civilizaciones. Las condiciones tecnológicas del neolítico han sido ya totalmente transmutadas. Estamos viviendo la democratización del conocimiento universal al alcance de todos, al instante y en línea; una revolución agrícola que acelera el ciclo de la estacionalidad; la capacidad productiva no tiene límites y es restringida sólo por razones ecológicas o laborales; la prolongación de la vida humana y el rejuvenecimiento aumenta día a día; los desplazamientos humanos masivos y veloces de un confín a otro de la Tierra y, por último, la exploración del universo, anuncian los nuevos horizontes de la humanidad.  Cambió el mundo, aunque en nuestras cabezas aún sobrevivan los mitos y las creencias de hace 10.000 años atrás.

Lo fundamental hoy es que cada uno de nosotros habitantes de las ciudades, cada uno de los africanos que cruzan el mediterráneo hacinados en precarias barcazas, cada uno de los campesinos chinos emigrando a las megalópolis, cada uno de los inmigrantes que se desplazan en busca de oportunidades, sabe o está sabiendo que es un ser humano. Por todos lados se escucha el craqueo del resquebrajamiento de las instituciones envejecidas ya, para los tiempos que corren.  Las instituciones políticas, religiosas y sociales requieren de una transformación bastante intensiva. El cambio tecnológico remueve las placas tectónicas de las estructuras de conciencia y sociales de la humanidad. Los temblores y las réplicas psicosociales, irán horadando las viejas instituciones, mientras los nuevos modelos de organización y comportamiento se vayan fortaleciendo.

Por qué digo esto de que cada uno de nosotros está sabiéndose ser humano. Cada uno experimenta un estado de inconformidad y desasosiego, por distintas razones; ninguno está conforme con su vida y está en una búsqueda de algo que lo llene, le de paz interior y sienta que lo que hace tiene valor, valor no en términos monetarios, sino verdadero valor para los demás. La pregunta de quienes somos, y quién soy ya no es un problema de filósofos o de curas, sino un problema cotidiano de cada uno.

Quién soy, quién verdaderamente soy, es una pregunta que está viva, la respondemos de muchas maneras y mientras no tengamos una respuesta definitiva, la pregunta seguirá viva. Mientras esa pregunta esté viva y no se cristalice, sentiré la presencia de eso que soy; aunque no pueda decirlo con palabras, estaré próximo a mi ser más íntimo. En cambio, cuando forzadamente afirmo lo que soy en un nombre, en un número, en una posesión, en una definición, o enarbolando algún tipo de bandera, comienzo a perderme de mi mismo. Esto es muy curioso, mientras no sé quién soy, y me pregunto, me acerco a eso que soy. Y cuando lo respondo y fijo la respuesta abrazándome a ella para que no se me escape, me alejo de lo que soy y me pierdo de mí mismo.

Quién soy, no es una pregunta de fácil despacho, y sostener el descubrimiento de que no sé quién soy y me busco constantemente, tiene que ver con la esencia de lo humano. El problema no es no saber quién soy; no saber quién soy, me acerca al ser humano en búsqueda de sentido y de sí mismo. El problema es cuando esa pregunta se detiene, porque creo haber encontrado, o porque me he cansado o deprimido, o porque me he confundido con el deseo de éxito o de venganza.

Quién soy en mi familia. Quién soy en mi trabajo; en mis relaciones afectivas; quién soy en situación, me evidencia una habitual desadaptación. La desadaptación me pone en jaque, ¿estaré equivocado?, o lo están los demás. Todos parecen tan seguros de sí mismos y yo no sé ni quién soy. Esa desadaptación constante es muy propia de lo humano.  Inversamente, cuando me adapto y luego trato de conservar el estatus quo logrado, para no volver a experimentar la inestabilidad, comienzo a forzar las circunstancias para que todo siga igual. Allí empieza la violencia, la discriminación, o para englobarlo en una palabra, comienza la deshumanización. En este nuevo mundo, cada uno está sabiendo que es un ser humano y que los demás también lo son.

Eso que soy, se manifiesta a través del cuerpo. El cuerpo, con sus huesos, su sangre, su masa encefálica, su ADN; a través de él se manifiesta el impulso humano. No soy sólo mi cuerpo, pero es gracias al cuerpo, más delgado o más grueso, en mejor o peor estado, que se expresa lo que soy. Eso que busco, y que nunca llego a alcanzar, se manifiesta gracias al cuerpo.

Pero el cuerpo, esté sano o esté enfermo, se muere y una vez muerto, ¿qué pasa con lo humano, hacia dónde voy y qué sentido tiene la vida si termina con la muerte? Nuestra muerte está siempre en el trasfondo del vivir. Aunque rehuyamos de ella, se nos impone por la enfermedad o la muerte de alguien cercano. Suelo pensar que es algo que les pasa a los otros y a mí todavía no; un sospechoso “siempre todavía no”.

Suelo creer que algo de uno continúa en los hijos, en la descendencia o en las nuevas generaciones.  También pienso que algunos recuerdos sobre uno, pudieran pervivir en la memoria de otros que me sobrevivan; también reflexiono sobre las acciones realizadas, que pegan como en una mesa de billar influyendo en otros, aportando o dificultando al hilo de la historia; acciones, aunque humildes, se encadenan unas con otras y pueden contribuir al progreso humano, o retrasarlo; pero también investigo la posibilidad de que algo de la esencia de lo que somos logre algún tipo de cohesión o conexión y continuidad en un mundo desconocido.

Las creencias sobre la trascendencia no quedan en el campo de la especulación, sino que tienen consecuencias en mis acciones. Me lleno de esperanza cuando contribuyo a despertar en los jóvenes los valores del humanismo y la libertad; también me reconforto cuando colaboro con una obra que me trasciende. Cuando puedo ayudar a otros a encontrar la fe en sí mismos o a recuperar el hilo del sentido, esa acción aumenta mi propia fe. En ocasiones, experimento una comunicación intensa con otro ser humano, a veces una comunión con todo lo existente, y esa experiencia me hace dudar completamente de la muerte. En esos momentos algo en uno parece tomar conciencia de sí mismo; el lenguaje es desbordado por una experiencia de Unidad y la muerte desaparece como pregunta y como tema.

Lo humano se manifiesta gracias al cuerpo, pero a través de la acción. La acción es la que construye el mundo humano. Si creo en algún tipo de continuidad, sea a través de las generaciones, sea a través de la memoria, sea a través de las acciones, sea de un modo espiritual, no da lo mismo el tipo de acción que realice; ya que algunas colaboran con esa dirección trascendente y otras no. Algunas colaboran con el progreso humano y la humanización, y otras con la deshumanización y la desintegración. La acción es la que comunica a la conciencia con su sentido trascendente o la que lo aleja de ella.  No es lo que pienso, o lo que siento lo que define la dirección de mi vida, sino lo que haga en el mundo; Cuando lo que pienso y lo que siento se alinean con lo que haga con las demás personas, eso se graba en la memoria como unidad y se experimenta como fortalecimiento de un centro interno, de un centro de gravedad interno.  La acumulación de este tipo de acciones va sedimentando la sensación de que algo en uno trasciende el tiempo.

El ser humano que soy, que se busca a sí mismo, que se siente siempre inconforme e inadaptado, que cada vez que llega o no llega a una meta, siente que no es lo que está buscando, ese que no sabe bien quién es, y que camina hacia la muerte, o más bien camina como si la muerte fuera una casualidad que pudiera no ocurrir, pero que sin embargo se enfrenta a ella día a día;  ese ser construye por medio de su acción  un entorno que lo refleje, que le ayude a descubrir quién es y le ayude a responder sobre su destino. Actúa e interactúa con otros, humaniza el mundo.

Mientras se ajustan las instituciones y los modelos sociales a esta conciencia planetaria en que cada uno se reconoce como ser humano independientemente de su nacionalidad, edad, sexo o religión, y reconoce al otro como tal, en la estructura mental pesan todavía viejas tradiciones que valoran la violencia, el resentimiento y el deseo de venganza. Este impulso de lo humano hacia el crecimiento, la evolución y la unidad, es apresado por el mecanismo del resentimiento y la venganza. El deseo de venganza contamina las acciones y fija a la conciencia en el instante del agravio, tiñendo con ese hecho el futuro. El tiempo parece detenerse y el sentido de la vida se angula para humillar o castigar a los culpables. La propuesta de Reconciliación con el pasado permite volver al torrente de la vida y de la evolución.

La reconciliación, me traerá la paz. Pero no la paz de los cementerios, sino la del impulso evolutivo, la de la permanente búsqueda, la de la pregunta de quién soy y cuál es mi sentido. La reconciliación me llevará a la verdad, no solo a los argumentos que justifican mi resentimiento o mi conducta, sino a todos los contextos y circunstancias en que los agravios fueron cometidos. La reconciliación me llevará a la justicia, a los actos de reparación objetivos y simbólicos, por los errores cometidos por mi o por otros. La reconciliación me llevará a las zonas de silencio en mi interioridad; zonas de silencio en que mis pedidos tienen la carga de la necesidad, y las respuestas la profundidad del sentido.

Quisiera proponer una breve meditación inspirada en el Mensaje de Silo para acercar nuestra reconciliación; con nosotros mismos y con quienes nos han herido intensamente. Se trata de una breve ceremonia de bienestar, pero con un propósito reconciliatorio…

En esta exposición traté de ponernos en presencia del impulso de lo humano, estudiar su manifestación, comprender como la acción que colabora con esa intención adquiere un sabor trascendente, y como la violencia y la venganza entorpecen o aprisionan ese impulso. Por último, experimentar la propia reconciliación a través de una ceremonia de bienestar.

Gracias

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