Sobre la Investigación de la estructura de la conciencia moral

Apr 18

Parque de Estudios y Reflexión Bosques, Buenos Aires, Argentina
14/12/2013

¿Qué da valor a la acción, qué  le da sentido? ¿Puede la acción  ser una vía de acceso a lo profundo? ¿Por qué la “acción válida” de la doctrina de Silo es válida?

Esta monografía describe una estructura de conciencia que se configura en un momento de libertad, en la cual se deciden las acciones más importantes de la vida; aquellas que comprometen su sentido. Así como existe una estructura de conciencia alienada  que niega la libertad, o una estructura de conciencia angustiada que la asume, o una estructura de conciencia inspirada que se libera del yo habitual y traduce nuevos significados, existiría una estructura de conciencia moral, en la cual se toman las decisiones que marcarán la dirección de la vida.

Lo que da de valor a una acción es aquello que le suma o le resta sentido. Si fuera el amor el valor central,  las acciones  que generan o hacen crecer el amor serían mas valiosas, de otras que aumentan la separación o el rencor. Eso que dota de sentido es el fundamento de la acción;  y las acciones humanas adquieren  valor si fortalecen dicho fundamento, y lo perderán cuando lo degradan.  

Por lo general los fundamentos  son propuestos, y muchas veces impuestos, desde afuera, por una autoridad externa a la propia existencia:  Dios, el Bien, el Estado, el Mercado, el Acuerdo Grupal o Social, la Tradición Cultural. Incluso un principio universal formulado desde la razón como “la regla de oro”, es  una orientación externa de la conducta[1].

Estos parámetros exteriores han sido importantes y significaron avances en el desarrollo humano. Son pautas de comportamiento, pero no justifican por sí mismas la existencia personal. La mayoría de las cosas que hago no son propiamente decisiones. Corresponden a presiones de situación, o a ensueños que sigo sin saberlo; en general reacciono empujado por fuerzas mecánicas. Pero si lo que hago sólo responde a un mecanismo involuntario, daría lo mismo una acción que otra y no tendría sentido preguntarse por el sentido. Es precisamente en esa cualidad de la conciencia de  hacer lo que quiera, en su “intencionalidad”, en el rebelarse a todo control, incluso al determinismo del tiempo, donde hallamos lo que otorga el significado a la acción.  La conciencia tiene “libertad”; y en esta maravilla de la libertad encontramos lo esencial de lo humano.

Si es la libertad el fundamento, lo valioso será todo aquello  que  aumenta la libertad de la conciencia; y la acción  perderá calidad cuando la encadena, la somete o la aprisiona. Nosotros proponemos  junto con muchas otras corrientes a la libertad humana como fundamento de toda acción. Pero nos diferenciamos de muchas otras corrientes al comprender la situación existencial de determinismo y encadenamiento en que se encuentra la conciencia. Nos diferenciamos de muchas otras corrientes en la comprensión de la conciencia como intencionalidad, como intersubjetividad,  como histórica y transformadora no sólo del mundo sino de sí misma. Además nos diferenciamos porque dotamos a la acción humana del privilegio de concretar  ese camino hacia la libertad.

Pero, ¿dónde la encuentro, sometido como estoy a condicionamientos sociales, culturales, familiares, personales y propios de la constitución humana como son los límites del espacio y del tiempo?  Logro describir cuatro momentos de libertad.  Momentos en que por algunos instantes la conciencia se libera de sus determinismos: 1) En situaciones de compromiso vital (de vida o muerte), 2) en situaciones de fracaso existencial, 3) en las ocasiones en nos acercamos a la muerte propia o de seres queridos, y 4) por último en el reconocimiento del otro ser humano.

Está última, el reconocimiento del otro,  me resultó la más importante, ya que es la situación habitual en la que me encuentro. Es decir, ocasionalmente puedo hallarme en peligro o en situación de fracaso. Pero siempre estoy rodeado de otros. Descubrir que son los otros los constituyentes de mi momento de libertad, y que no tengo que estar cercano a la muerte o en el fracaso de los ensueños para poder entrar en esa estructura de conciencia moral, me pareció muy revelador. Yo quisiera que los otros, mi pareja, mis amigos, ustedes, respondieran a mis deseos. Hicieran lo que yo quiero. Y trato que así sea. Pero no me resulta, cada uno hace lo que se lo ocurre. Esa desestabilización entre el intento de naturalizar al otro para utilizarlo para mis intenciones, y la respuesta imprevisible del otro,  produce un momento de libertad. El reconocimiento del otro como ser independiente de mi, dueño de sí, poseedor de libertad, provoca en mí un momento de libertad.

Es gracias a ese momento de libertad que puedo fundamentar la acción.  Si todo estuviera determinado por las necesidades mecánicas de la conciencia o por sus apetencias, no habría modo de valorar una acción.  Todas serían producto de un mecanismo y daría lo mismo una acción que otra. Pero encontramos el instante de libertad desde donde puedo decidir qué hacer. Lo que decida tiene consecuencias en los otros, pero las experimento en mí. Aquello que decida hacer tiene consecuencias en el otro; esas consecuencias las experimento en mí como ampliación de la libertad o como encadenamiento de la conciencia.[2] Siendo el otro constituyente del momento de libertad, esa relación, el vínculo entre yo y el otro puede ser fuente de liberación y además de inspiración por los desplazamientos del yo gracias a  la comunicación y al encuentro.

Configurado el momento de libertad observé ciertas direcciones mentales a las que tiende la conciencia. La más habitual es hacia la afirmación del yo. El yo es un paso evolutivo de la vida y de la conciencia, sin duda; pero tiene sus límites al encerrarla en el yo. Otra dirección rastreada, es la de  huida; niego mi  libertad y la externalizo; nada depende de mi porque estoy sometido a una autoridad externa y ella es la responsable de lo que haga. Esta cobardía de negar la propia libertad y por tanto la propia humanidad, ha ocasionado las peores atrocidades humanas: cumplo órdenes superiores o cumplo la voluntad de dios, o porque todos lo hacen, o porque son las reglas del grupo de pertenencia, o porque está en mi tradición cultural.

Por último si la conciencia no huye y no se dirige a afirmar el yo, una dirección hacia la libertad y la grandeza humana aparece; un propósito. Está última, la dirección tomada en un momento de libertad, desde la libertad y hacia la ampliación de la libertad es lo que llamamos la acción moral o la acción válida. Una acción en que reconozco al otro como ser humano y me dirijo a su encuentro, a la comunicación hacia la colaboración con su liberación.

Así queda definida la estructura de conciencia moral en un momento de libertad configurado gracias al reconocimiento del otro y las acciones que de allí se desprendan ampliarán la libertad de la conciencia o la encadenará a los determinismos propios del yo. La ampliación de la libertad la experimento como crecimiento de la unidad interior y puedo notar el desplazamiento hacia adentro de una mirada que toma distancia y observa al yo habitual. Esta profundización de la mirada respecto al yo cotidiano, puede ser interpretada como la aparición de un nuevo centro diferente al yo, o como un estado próximo a la inspiración, o como de conciencia de sí mismo, o como un estado de conciencia de la unidad interior, o como el reconocimiento del otro ser humano. Esta experiencia va develando  un propósito hacia la unidad y la libertad que se fortalece con el compromiso hacia quienes me rodean.[3]

La valores y creencias de la época histórica se arraigan en el paisaje de formación y determinarán la acción,  operando en el campo de copresencia de la conciencia.  Pero la estructura de conciencia moral, se sustrae también a la época, sea por el fracaso de las creencias, sea por el reconocimiento del otro, se configura el momento de libertad que trasciende dicha época. Para ejemplificar los determinismos en esta época de mundialización,  caracterizamos 3 momentos: Polaridad (1945-1989), Globalización (1989-2001)  y Regionalismo(2001- ).

En la Polaridad “el otro”, es experimentado como una amenaza y un enemigo; la religión y la razón se convierten en ideologías que chocan entre sí. La finitud también es ideología y la muerte se justifica por la causa. Sin embargo surgen aquí las filosofías que afirman la libertad desde la existencia y la no-violencia como afirmación de la humanidad propia y la del enemigo. En la Globalización, todo se tiñe de dinero y “el otro”, es un cliente, una fuente de ingreso y consumo. Las ideologías son remplazadas por las leyes del mercado. La conciencia se fuga de la muerte en el sinsentido.  En la Regionalización, se fortalece la identidad cultural y “el otro”, es el de la otra cultura, dejando en evidencia el fanatismo y la discriminación.  Pero también aquí es cuando surge el universalismo, en que  “el otro” es el ser humano, y el fundamento cultural, social y moral su libertad.

 

Un corolario de esta investigación es el aporte de la propuesta moral del Mensaje de Silo, basada en la experiencia de liberación que no requiere para su fundamentación una idea o una creencia.  La moral queda sustentada en una experiencia subjetiva, pero por ello puede adquirir características de moral universal válida para cualquier  tradición cultural en que uno se inscriba. Desde la experiencia del crecimiento de la unidad, se abren las puertas para un nuevo ser humano en contacto con su ser trascendente.



[1] Todo esto lo explica muy bien Guillermo Sulling en la monografía sobre la “Internalización de la moral”

[2] Esta experiencia que obtengo del actuar es lo que Silo describió como la unidad y contradicción, sobre las cuales  formuló los principios de la acción válida.

[3] También puede ocurrir la negación de sí o la huida de sí, que alienará la conciencia y externalizará la mirada. La mirada expulsada hacia afuera se identifica con  una autoridad externa, con dios,  o simplemente con la mirada del otro del cual desespero compulsivamente por su reconocimiento.

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